Empiezan ya calientes en la cama. La mayor empuja a la más joven y sus piernas se enredan al instante. No hay nada suave aquí, es una conexión intensa y hambrienta. Hacen tijeras con fuerza, caderas frotándose, buscando toda la presión posible. Se oyen los sonidos húmedos mezclados con sus gemidos. Una es morena, arquea la espalda y pide más. La otra, rubia, agarra las sábanas con la cara colorada. Cambian de posición; ahora una va encima marcando un ritmo más rápido. Todo es por esa fricción profunda de clítoris contra clítoris. La energía lésbica en la habitación es densa; no hablan, solo jadeos y pieles chocando. La rubia empieza a temblar primero, todo su cuerpo se tensa. La morena no afloja, mantiene ese ritmo intenso hasta que ella también tiembla sin control. Acaban derrumbadas juntas, sudorosas y agotadas, con las piernas aún entrelazadas.
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