Le dice que se dé la vuelta. Y ella obedece al instante, arqueando la espalda para ofrecerse mejor. Él agarra sus caderas con fuerza y empieza a metérsela, profundo, sin pausa. Ella aprieta más fuerte alrededor de su polla, gimiendo con cada embestida. Él frena un segundo solo para ver cómo ella mira hacia atrás, suplicando con los ojos, y entonces vuelve a entrar aún más duro. El cabecero de la cama golpea contra la pared una y otra vez. Ella le ruega que no pare, así que él se lo da más salvaje. La monta sin piedad, ahogándose en cada movimiento, los gemidos tan altos que seguramente los vecinos los oyen todo.
Comentarios
0 comments